Los sentimientos de nuestro hermoso Siervo de la Nación

A propósito del 30 de septiembre moreliano, entre los recuerdos históricos de mi niñez está el haber visitado con mis papás la Casa Natal de Morelos, donde nos contaron que la mamá de Morelos lo había parido allí, en la entrada de un portón, donde después pusieron una antorcha que, según, nunca se apaga. Me impactó mucho y se me quedó muy grabado que Morelos haya nacido allí, en la mera puerta.

Ahora sé que nació en otra puerta, la de San Agustín, en el barrio donde nació y creció, y me ando acordando de eso hoy que se cumplen 261 años de este suceso, de aquel niño que nació en la antigua Valladolid y que después dijo que el lugar donde había nacido era el jardín de la Nueva España.

A mí Morelos me cae muy bien y me gusta que mi ciudad sea mujer: Morelia y no hombre: Morelos, gracias a él. Uno podría pensar que el nombre de Morelia se le puso a nuestra ciudad porque el Estado de Morelos ya nos había ganado el nombre, pero no fue así. Morelia ciudad- mujer, por decisión. ¡Qué bonito!

Arrieros somos y en el camino andamos, ¿qué mejor manera de conocer tu país cuando aún no es un país que caminándolo o arriba de un caballo?

De muchachito Morelos fue arriero, se conoció el territorio de pe a pá, subiendo cerros y cruzando ríos, y ahí, en los caminos, con las mulas y con la gente, se podría decir que adquirió el contacto con el pueblo y sus necesidades, que para entonces eran muchas. Después fue alumno de Miguel Hidalgo en el Colegio de San Nicolás, donde ya circulaban las ideas ilustradas que fueron tan importantes para crear otro país, nuestro país.
Leer, leer.
Pensar, pensar.
Soñar, soñar con eso, con un país.

¿Cómo se construye un país?

Después fue al Seminario Tridentino, donde yo me imagino que se hizo disciplinado y estructurado y que eso le permitió poder transmitir sus ideas posteriormente de una manera tan clara.

Los Sentimientos de la Nación, presentados por Morelos ante el Congreso de Chilpancingo el 14 de septiembre de 1813, en mi opinión representan uno de los documentos fundamentales para entender la construcción de México: 23 puntos inspirados en las ideas de libertad, igualdad, soberanía y división de poderes que estaban dando la vuelta al mundo y que, al atravesar el Atlántico, llegaron a armar un reverendo desmadre en el continente americano.

Para el caso de México, en palabras de Morelos, aquello se traduce y se resume en: ¡a la chingada los gachupines!, que la soberanía dimana del pueblo, ¡a la chingada el Rey!, buscar la igualdad social, ¡a la chingada la esclavitud y las castas!, y situaciones modernísimas como la división y equilibrio de los poderes en Ejecutivo, Legislativo y Judicial; también hablaba de moderar la opulencia y la indigencia y de que quienes gobernaran lo hicieran con austeridad y vocación de servicio. Ya sé que esto último nuestros políticos se lo han pasado por el mismísimo Arco del Triunfo francés.

Todo esto lo puso en 23 puntos, alimentado por las ideas que circulaban entonces sobre igualdad, soberanía, libertad, justicia y división de poderes, pero también por su propia experiencia, por lo que había visto en los caminos, en el Colegio de San Nicolás y en el Seminario.

Yo creo que Morelos no sabía muy bien cómo iban a lograr todo eso, ni todo el tiempo que les iba a tomar realizarlo, lo cierto es que las ideas que plasmó en dicho documento son parte de las bases políticas de nuestro país y de cosas tan actuales que seguimos hablando de ellas dos siglos después.
Morelos bien moderno.
Un ideólogo.
Un humanista.
Un soñador.
Un adorado.

De las curiosidades que nos hablan de la personalidad de nuestro abolicionista, me encanta la frase de cuando le quisieron endilgar rimbombancias como “Generalísimo de América” o “Alteza Serenísima” y que me los aplaca en fa a los estrenados diputados de Chilpancingo diciendo que su único título sería el de “Siervo de la Nación”, pues ella, la Nación, es la única a quien pertenece el poder.

Siervo de la Nación para decir que no quería ningún título por encima de nadie.
Siervo de la Nación para decir que su vida estaba dedicada a México que aún no era México.
Siervo de la Nación para decir que el poder no es un fin sino un medio.
Siervo de la Nación para decir: el poder debe servir al pueblo, no al individuo.

Morelos también fue padre, no de padrecito curita del pueblo sino papá de un muchacho que se llamó Juan Nepomuceno Almonte y fíjense qué osado, reconoció en aquella época a su hijo siendo clérigo y se encargó de él y su educación, la cual no debió ser muy cercana porque el mentado chamaco se nos hizo conservador y terminó apoyando el Imperio de Maximiliano años después.
Nadie sabe para quién trabaja.

Era honesto el Morelos. Utópico. En él podríamos aglutinar lo que significa la frase de “amor a la patria”.
Antes de morir allá en Ecatepec, escribió:
“Muero porque soy necesario a la causa,
si no lo fuera, viviría.
Estoy resignado, y solo pido que no se olviden de la patria”

Cosa que procedimos a hacer desde entonces paulatina y consuetudinariamente: olvidarnos de la patria.

Morelia está de fiesta. Antes lo celebrábamos a cañonazos y me recuerdo histérica, con siete años, en el atrio de la Catedral, llorando con lo que me imaginaba era la guerra o el fin del mundo. En la actualidad se celebra con un desfile cívico-militar en la avenida Madero y con un operativo de seguridad que para este 30 de septiembre contempla alrededor de 500 elementos de la Policía Morelia, arcos de seguridad, cierres viales y un cerco en el primer cuadro de la ciudad.

Quién sabe qué pensaría aquel hombre que pidió que el poder estuviera al servicio de la Nación de todo este despliegue para celebrar su nacimiento.

Yo, por lo pronto pienso en aquel Morelos que nació en una puerta y terminó soñando con abrirle una a todo un país.
Aunque, a estas alturas, quizá lo que necesitamos no sea otra puerta.
Sino acordarnos de hacia dónde quería que entráramos.