Ocho meses en Capacho, cuatro en Cuitzeo: la historia del Señor de la Expiración

Una tradición que ha pasado de generación en generación y que cada año recuerda que, más allá de los límites entre municipios, hay historias y sentimientos que mantienen unidos a nuestros pueblos.

La calle principal de Capacho sube hacia el templo y conforme uno avanza por la pendiente la fiesta se va revelando en sus distintos colores, aromas y sonidos. A la hora de la comida todas las casas abren sus puertas que ofrecen enchiladas y mole. La gente recibe a los visitantes con amabilidad aunque en esa multitud no puede distinguirse entre los locales y los de fuera.

En el suelo, sobre la subida que conduce a la iglesia, se extienden tapetes de aserrín con diferentes motivos y entre ellos destaca uno dedicado a la Virgen de Guadalupe, rodeada de flores.

El templo del siglo XVIII, fechado en 1722, se encuentra en la parte alta del pueblo y al llegar a su puerta principal, se descubre el hermoso paisaje que nos regala el lago de Cuitzeo que a esa hora de la tarde parece un espejo.

Desde allá es inevitable pensar en el lago como un testigo que observa todo desde allá y al verlo allí es inevitable también pensar en la relación que estos pueblos mantienen con el agua, con los caminos que los comunican y con las historias que se transmiten de una generación a otra.

En Capacho, Huandacareo, están de fiesta y el atrio se llena de sillas y de espera de personas que, con paciencia, aguardan la llegada del Señor de la Expiración.

A Capacho llegan visitantes de distintos lugares. Los autobuses se estacionan en los alrededores, la carretera se cierra y los puestos de comida y bebidas forman parte del movimiento que transforma la vida cotidiana del pueblo. Hay quienes preparan los alimentos, quienes venden, quienes preparan las ofrendas y quienes trabajan para que todo esté listo.

La celebración moviliza la economía local y reúne a una multitud alrededor de una misma razón: recibir al Señor de la Expiración.

La historia de esta imagen está ligada a la memoria compartida de Capacho y Cuitzeo y la tradición oral data su hallazgo en 1769 en el Cerro de Manuna,en la que tres hombres se encontraron al Cristo: dos de ellos eran de Capacho y uno de Cuitzeo. Como el descubrimiento habría sido compartido, también decidieron compartir la custodia de la imagen. Así explican los habitantes la distribución del año: ocho meses en Capacho, en Huandacareo, y cuatro en Cuitzeo.

A esta versión se suma la que conocí gracias a Josefina Nava, una mujer de 85 años que conserva lo que su abuela le contaba cuando ella era niña. Según el relato que heredó, fue una mujer que “andaba en la leña” quien encontró al Cristo tirado en un cerro. La mujer fue a avisar pero al principio no le creyeron. Es un relato distinto del que habla de los hombres, y no sabemos si ambas historias remiten a un mismo acontecimiento o si con el tiempo se han entrelazado diferentes recuerdos del hallazgo. Lo cierto es que estas narraciones siguen vivas en la memoria de los habitantes.

Doña Josefina salió a esperar al Señor de la Expiración sentada en una silla que sus hijos le llevaron hasta las afueras del templo. A sus 85 años, no se pierde su llegada y lo hace cada año desde que ella es niña. Me habló de los milagros y de la tranquilidad que encuentra al acudir a contarle al Señor de la Expiración sus preocupaciones.

“Si te pasa algo y le cuentas, él remedia las cosas”, me dijo. Para ella, la devoción no consiste solamente en asistir a una celebración o cumplir con una promesa, es también tener a quién acudir cuando algo duele, preocupa o parece no tener remedio. Pero cuando llega el momento de despedirlo, la alegría se convierte en tristeza: “Cuando se va a Cuitzeo lloramos harto y le decimos: “A ver si nos halla de vuelta”. Después, con una franca sonrisa cuenta, “también lo vamos a ver allá no crea”

La anécdota me hizo sonreír porque se refiere a él como a alguien cercano y cotidiano a ella, quizá sea por ello que en Capacho sentí una energía de amor, de cariño profundo por su Señor, una cercanía que va más allá de la devoción.

Ahí el Señor de la Expiración no parece ser solamente una imagen venerada, sino alguien que forma parte de la vida del pueblo, de sus recuerdos y de sus afectos. Se le espera, se le habla, se le cuentan las penas y se le despide con tristeza cuando llega el momento de que se vaya a Cuitzeo. Y quizá eso es lo que vuelve tan especial esta celebración: la sensación de que, más que una tradición que se repite cada año, lo que se renueva es un vínculo de amor entre el Señor de la Expiración y la gente que lo siente suyo.

Entre quienes llegan a recibirlo también están quienes viajan desde lejos. Durante la celebración conocí a Javier, que vino desde Guanajuato con su esposa y sus dos hijos para estar presente. Más tarde conversé con Miguel, originario de Cuitzeo, quien me confirmó la historia de los tres hombres y me contó que desde niño sus abuelos lo llevaban a visitar al Señor. Ahora él también acude con su hijo Iker. Son historias distintas, pero en todas aparece el mismo vínculo entre la imagen y las familias que han crecido acompañándola.

La llegada del Señor de la Expiración muestra la hermandad entre Capacho y Cuitzeo. La imagen une a las dos comunidades y mantiene vivo un vínculo que se expresa en los viajes, las visitas, las despedidas y los reencuentros.

Es hermoso pensar que una devoción compartida pueda provocar todo este movimiento: que cierre calles y carreteras, reúna a miles de personas, sostenga una economía alrededor de la fiesta y fortalezca la fraternidad entre dos pueblos michoacanos.

Y cuando llega junio y toca despedirlo, en Cuitzeo también tiene una casa y una comunidad que lo espera. Los dos pueblos participan de una historia común: uno lo despide con tristeza cuando llega el momento de su partida y el otro lo recibe con alegría.

Así, el camino que los une se convierte también en un vínculo de afecto, de respeto y de pertenencia que se renueva cada año. En junio, vuelven las lágrimas y las palabras de siempre: que se vaya bien, que regrese pronto y que, cuando vuelva a cruzar el camino entre Cuitzeo y Capacho, encuentre a su gente esperándolo.