Cuando pienso en 1988, mi memoria me lleva a una fotografía de ese año cuando una multitud carga a Cárdenas en hombros y él está, allá arriba, sonriendo. En otra imagen de la época aparece caminando, con los brazos entrelazados otros personajes de la izquierda mexicana, creo recordar a Heberto Castillo y a Rosario Ibarra de Piedra, quizá también a Pablo Gómez. No podría asegurar quiénes aparecen en la imagen que yo recuerdo ni cuándo fue tomada y lo que permanece en mi memoria es esa fila de hombres y mujeres avanzando juntos, una escena que vista desde la distancia, parece anunciar un cambio que aún no alcanzábamos a pensar.

En 1988 yo era niña y no comprendía del todo lo que estaba ocurriendo. En mi casa o en la de mis abuelos se hablaba de la “caída del sistema”, de un tal Bartlett y de algo que se llamaba “fraude electoral”. Cuauhtémoc Cárdenas se atrevió a hacer algo que parecía impensable: romper con el PRI y encabezar el Frente Democrático Nacional con el que consiguió reunir a corrientes políticas y sectores sociales distintos en torno a una candidatura que desafió al partido que había gobernado México durante décadas en lo que Vargas Llosa llamó: la “dictadura perfecta”.
La elección del aquel 6 de julio fue mucho más que una contienda presidencial: puso en evidencia que el poder podía ser cuestionado desde una oposición con respaldo popular y puso en entredicho la permanencia de un sistema político acostumbrado a ejercer el poder con escasa o nula competencia electoral y si no acuérdense de la palabra que sonaba cada sexenio: el “dedazo”.
El Frente Democrático Nacional fue una expresión de esa ruptura y de una esperanza colectiva donde Cárdenas no estaba solo: detrás de aquella candidatura había dirigentes, organizaciones, militantes y millones de ciudadanos que encontraron en ese movimiento una posibilidad de cambio. Las movilizaciones que siguieron hicieron de las plazas públicas de todo México y particularmente del Zócalo del entonces Distrito Federal, escenarios donde miles de personas podían reunirse para defender el voto y exigir un país distinto. México tenía una larga historia de luchas sociales, pero podríamos decir que fue Cárdenas quien enseñó a México a llenar el zócalo capitalino.

La historia no cambió de un día para otro para la izquierda izquierda en México y en 1989 se fundó el Partido de la Revolución Democrática, con Cárdenas como una de sus figuras centrales y durante los años siguientes continuó una lucha larga, con avances, retrocesos y desacuerdos, por abrir espacios de participación y transformar las instituciones como fue incluso la creación de un Instituto Electoral.
Hoy el PRD ya no existe y han surgido desde entonces otros partidos políticos.
Hace poco, mi padre resumió esa importancia con una frase que me dejó pensando: Cárdenas fue la raíz de que hoy tengamos un México democrático de izquierda. Quizá fue una de sus raíces más profundas porque sin aquella candidatura, sin el Frente Democrático Nacional y sin la movilización que reunió, la historia política de México habría sido distinta.
1988 fue un paradigma, yo lo llamaría: el año de Cuauhtémoc por todas las posibilidades que se abrieron a partir de aquel momento.
Sé que nuestra democracia sigue teniendo muchos pendientes y que ninguna conquista está garantizada para siempre, pero también sé que hubo un momento en que miles de mexicanos se atrevieron a imaginar otro país y salieron a las calles para exigirlo junto con Cuauhtémoc.
Sin él, México no sería el mismo.
Hoy, tras su muerte a los 92 años, vuelvo a aquella fotografía de febrero de 1988, tomada en San Pedro de las Colonias donde Cárdenas aparece sonriendo, llevado en hombros por una multitud. Ni tú, ni yo salimos en esa foto, pero hay algo en ella que me hace sentir que todos estuvimos allí y que esa historia también nos pertenece. Y por eso, cuando miro la imagen, me gusta imaginar que así se va al cielo el Inge Cárdenas: en los hombros de la gente que alguna vez soñó, junto a él, que otro México era posible.












