¿Sabían ustedes que uno de los cuentos más conocidos de la escritora mexicana Elena Garro tiene como escenario nuestro michoacanísimo Lago de Cuitzeo? Aquí mero en nuestra tierra por donde muchos de nosotros hemos cruzado tantas veces sin imaginar que hace más de sesenta años, una escritora encontró en este lugar el escenario perfecto para contar una historia extraordinaria.
El cuento se llama La culpa es de los tlaxcaltecas y fue publicado en 1964, dentro del libro La semana de colores. Este cuento ha sido muy discutido entre los que le saben a la literatura porque narra una historia un poco misteriosa, pero no se preocupen, se las voy a contar como yo le entendí.


La protagonista se llama Laura y es una mujer que vive en la Ciudad de México, está casada con un hombre llamado Pablo y pertenece a una familia acomodada. La vida de Laura transcurre entre las comodidades de una casa grande, las visitas, las conversaciones familiares y las preocupaciones de la gente de su círculo social. Pero un día, algo sucede que cambia por completo su manera de ver el mundo.
Todo comienza durante un viaje en coche.
Laura va acompañada de su suegra, Margarita, rumbo a Guanajuato y en el camino tienen algunos contratiempos como quedarse sin gasolina en Mil Cumbres donde un camionero les regala gasolina para llegar a Morelia y para cuando llegan a Cuitzeo, justo cuando atraviesan el puente, el coche se descompone y se quedan las dos mujeres varadas en la calzada de Cuitzeo. Al poco tiempo Margarita se va al pueblo a buscar un mecánico y Laura se queda sola en medio de aquella calzada blanca que atraviesa la laguna.
Y aquí es donde comienza lo verdaderamente interesante.


Elena Garro describe el paisaje como un lago seco, con el fondo de lajas blancas. Laura se queda mirando aquel lugar y de pronto ocurre algo que no podría suceder en un viaje cualquiera: el tiempo parece abrirse. La mujer que vive en el siglo XX comienza a encontrarse con otra Laura, una que pertenece a los tiempos de la Conquista y para explicarlo, la protagonista utiliza una comparación muy bonita: dice que el tiempo es como mirar una tarjeta postal y después darle la vuelta para descubrir lo que hay escrito detrás. Así llega, en el lago de Cuitzeo, hasta la época de la Conquista.
Imagínense por un momento la escena: estamos en la calzada, en medio de la laguna y de pronto el paisaje deja de pertenecer solamente al presente y aparece un hombre indígena herido, un guerrero que viene de otro tiempo -los que saben dicen que es Cuauhtémoc, el último tlatoani azteca- y Laura lo reconoce. Entre ellos existe una relación que parece venir de muchos años atrás, de una época en la que los españoles están conquistando Tenochtitlan y los pueblos indígenas luchan por sobrevivir.
Lo curioso es que Laura no siente que esté viendo una historia ajena porque para ella, ese pasado también es suyo. Es como si hubiera vivido en aquella época y ahora, en pleno siglo XX, tuviera que regresar a encontrarse con alguien a quien nunca ha dejado de pertenecer.
Mientras esto sucede, la familia de Laura no entiende lo que le pasa. Su esposo Pablo y su suegra Margarita pertenecen al mundo moderno, de automóviles, casas elegantes y convenciones sociales. Para ellos, Laura está actuando de una manera extraña pero para ella, lo que ocurre en ese otro tiempo es tan real como su propia vida.
Y aquí está una de las cosas más interesantes del cuento: Elena Garro hace que dos momentos de nuestra historia convivan en un mismo lugar y la época de la Conquista y el México del siglo XX se encuentran en Cuitzeo, como si entre ambos hubiera una puerta que se abre cuando Laura llega a la calzada.
¿Por qué eligió Elena Garro este lugar? No lo sabemos con certeza, lo que sí sabemos es que no se trata de un paisaje inventado porque existe y nosotros lo conocemos muy bien: la laguna que a veces tiene agua y otras no y el puente y sus “lajas blancas”.


Este puente también tiene su propia historia. La obra de mampostería que conocemos como la calzada de Cuitzeo fue inaugurada el 5 de febrero de 1882 y desde entonces ha sido un paso fundamental para comunicar las poblaciones de ambas orillas. Es una construcción que ha visto cambiar el paisaje, las formas de viajar y la vida de los pueblos que se encuentran alrededor del Lago de Cuitzeo.
Elena Garro publicó su cuento en 1964 y hay un dato que quiero mencionar: un estudio de la UNAM publicado en 2007 documentó que la laguna de Cuitzeo llegó a secarse por completo en 1942 y nuevamente en 1962, o sea sólo dos años antes de la publicación del cuento donde el fondo de la laguna había quedado al descubierto.
No sabemos si Elena Garro conoció Cuitzeo durante alguna de aquellas temporadas, pero resulta interesante pensar que ese paisaje de “lajas blancas” que describe en su cuento existió realmente y forma parte de la historia de nuestra tierra. De hecho he elegido una foto de la Calzada que tomó nada más y nada menos que Juan Rulfo cuando anduvo por acá en 1943 y me gusta porque recrea como era exactamente el paisaje que Elena Garro narra en el cuento.
A mí me gusta mucho descubrir estas cosas y saber que un lugar por el que pasamos tantas veces también forma parte de la historia de la literatura mexicana. También me gusta pensar que mientras nosotros vemos la calzada como un camino para llegar de Morelia a las albercas de Huandacareo, Elena Garro la convirtió en un sitio donde una mujer podía encontrarse con su propio pasado y donde los siglos parecían juntarse.
Así que la próxima vez que crucen el puente de Cuitzeo, acuérdense de Laura y del misterioso encuentro que tuvo en aquel lugar. Y si todavía no han leído La culpa es de los tlaxcaltecas, les recomiendo que lo hagan. Es un cuento breve, pero de esos que se quedan dando vueltas en la cabeza y si pueden, cuéntenme ¿qué personaje de la historia de México piensan que es la Laura que viaja al siglo XVI?
También quizá, después de leerlo ya no vuelvan a mirar la calzada de Cuitzeo de la misma manera.
El cuento completo se puede leer gratuitamente en Material de Lectura de la UNAM














