La cuenca del lago de Cuitzeo guarda una historia de millones de años. Quienes la habitan lo saben porque, a lo largo del tiempo sus tierras han devuelto fósiles de animales prehistóricos, cerámicas de la cultura Chupícuaro y vestigios de la tradición purépecha, así como restos de antiguos asentamientos arqueológicos como Tres Cerritos, en Cuitzeo, y La Nopalera, en Huandacareo.

El movimiento de la tierra y la actividad volcánica del Eje Neovolcánico fueron modelando este territorio, donde los sedimentos conservan huellas de antiguos paisajes y de cuerpos de agua que cambiaron de extensión a lo largo del tiempo. Los geólogos pueden reconstruir parte de esa historia y yo, que no soy geóloga y espero que no me lo corrijan demasiado, quiero detenerme en otra explicación sobre el origen de esta laguna: una que no habla de volcanes ni de sedimentos, ni de cuencas endorreicas, sino de una mujer: se llamaba Hapunda y era una princesa.
La historia aparece recogida por José Corona Núñez, historiador, antropólogo y maestro nacido en Cuitzeo el 4 de julio de 1906, quien dedicó parte de su trabajo a reunir y narrar leyendas y tradiciones michoacanas. En 1938 publicó “Rincones michoacanos”, obra que reúne relatos e información histórica de diversas localidades de nuestro estado. Lo que me gusta de esta obra de “Coronita”, como me contó mi amiga Rosa María González que le llamaban los estudiantes que tuvieron el privilegio de ser sus alumnos en la Escuela de Historia de la UMSNH durante los años setenta, es que recoge relatos y tradiciones que la gente le contó en Cuitzeo, su pueblo.
En la leyenda de Hapunda, Corona Núñez nos lleva hasta la cumbre del cerro Manuna, desde donde la laguna parece un corazón y que es la península donde se asienta Cuitzeo. Cuenta que Cuerauáperi, considerada para los purhépechas la madre de los dioses y vinculada con la fertilidad, la tierra y la lluvia, creó un jardín donde vivía Hapunda, una princesa muy bella llamada también Tzitziqui, que significa colibrí. Su padre la mantenía recluida en aquel paraíso, donde cada mañana Tata Huriata, el sol, la saludaba con su primer rayo de luz.
Pero Hapunda estaba enamorada de un guerrero que partió a la guerra junto al rey Characu y mientras esperaba su regreso, lloraba sin consuelo. Sus lágrimas se mezclaban con las fuentes del jardín, corrían entre las rocas y formaban un torrente que abría camino hacia el valle.
Un día, cientos de guerreros regresaron de sus conquistas. Hapunda salió a buscar a su amado, pero el rey Characu le anunció que Tata Huriata lo había escogido para sí y que su corazón había sido depositado a sus pies. Desesperada, la princesa tomó el corazón de su amado y corrió hacia el valle, donde se ocultó entre las flores.
Aquella noche, de sus ojos brotaron dos ríos de lágrimas que inundaron el valle. Cuando amaneció, el rey y sus guerreros encontraron una laguna que abrazaba con sus aguas la forma de un corazón. Hapunda se había convertido en agua. Desde entonces, cuenta la leyenda, Tata Huriata sigue besando cada mañana su frente hecha cristal.

Y así termina la leyenda: con el sol que todavía besa la frente de la princesa, ahora hecha de cristal y con Hapunda convertida en la laguna que nació de su llanto.
Esta historia explica el nacimiento de nuestro lago —que Corona Núñez llama laguna— a través del dolor de una mujer que lloró hasta llenar de agua un valle entero. Y aunque hoy sabemos que su formación tiene una historia geológica mucho más antigua y compleja, la leyenda nos ofrece otra manera de acercarnos a ella: no como un simple accidente del paisaje, sino como una mujer que siente y cambia.
A mí me gusta que la laguna de Cuitzeo sea una mujer porque como ya todos sabemos nunca permanece igual y su extensión y profundidad varían con las lluvias, las sequías y la evaporación. Hay temporadas en que llueve mucho y el agua se extiende y vuelve a ocupar espacios que parecían perdidos; otras, en cambio, retrocede y deja al descubierto grandes superficies de suelo salino, blanco y áspero, como si Hapunda hubiera llorado tanto que hasta la tierra conservara la sal de sus lágrimas.
A veces pienso que esos cambios se parecen a los estados de ánimo de una mujer: hay años en que Hapunda parece recuperar la alegría y entonces llena sus orillas de agua. En otro está entretenida y deja crecer el pasto donde llevan a las vacas a pastar. En otros está triste y el agua se retira y la tierra queda expuesta y es entonces cuando llegan las tolvaneras y el viento levanta el polvo del lecho descubierto de la laguna que viaja por todas nuestras comunidades ribereñas. El polvo se mete en las casas, cubre los caminos, irrita los ojos y provoca tos y entonces yo me imagino que también respiramos a Hapunda: sus tierras, sus sales y los restos de lo que alguna vez estuvo bajo el agua. La laguna que en tiempos de lluvia nos abraza con su extensión, durante la sequía entra en nuestros pulmones convertida en polvo.
No es que la leyenda explique las sequías ni los cambios del clima; para eso están la ciencia y los estudios de la cuenca, pero sí nos permite mirar la laguna desde otro lugar y quizá por eso quise contarles esta historia: porque para quienes vivimos cerca de Cuitzeo, la laguna no es solamente agua, tierra, sal y sustento, es también memoria, paisaje y parte de la vida de los pueblos que crecieron a su alrededor.
Corona Núñez cuenta que, al atardecer, el sol pinta de púrpura las aguas que Hapunda formó con sus lágrimas. Y aunque hoy la laguna no siempre tenga agua suficiente para reflejar el cielo, todavía podemos imaginar a aquella princesa convertida en cristal, abrazando con sus aguas el corazón que perdió.
Me gusta pensar que gracias a la historia de Hapunda, podemos mirar la laguna de otra manera: ya no solamente como el paisaje que vemos al cruzar la calzada, sino como una mujer que tiene una historia, que llora, que se alegra, que se retira y vuelve a extender su ser sobre la cuenca. Le agradezco a “Coronita” que recuperó estas historias.
Corona Núñez es un personaje muy importante y para Cuitzeo también recuperó otras leyendas: la del convento agustino, la de una piedra grande, la de un venado con los cuernos de oro y la de un becerro que también era de oro, pero esas ya luego se las cuento.
















