Charo está ubicado muy cerquita de Morelia, a unos 18 kilómetros por carretera, pero hay un momento, en ese pequeño tramo carretero, en que uno siente que ya va entrando a otro lugar cuando el paisaje se abre y aparecen llanos verdes, sembradíos y parcelas y para cuando aparecen los puestos de calabazas y camotes a la orilla del camino, uno sabe que ya está llegando a Charo.


El pueblo está arriba del lado derecho de la vía y para llegar a él hay que subir. Y mientras uno sube se siente que el cielo y las nubes están más cerquita.
Luego, ya en la plaza, para llegar al antiguo convento de San Miguel hay que volver a subir. Otra vez hacia arriba, como si en Charo hasta el camino a la iglesia fuera una manera de acercarse al cielo.
En el pueblo se respira fiesta. La gente está sentada en la plaza. Hay puestos de comida, movimiento, familias que llegan, gente que saluda. Conforme uno se acerca al atrio empiezan a llegar los olores a pólvora, a buñuelos y a enchiladas.
Las campanas suenan.
Los cohetes revientan.
Y Charo parece estar haciendo lo que ha hecho durante generaciones: reunirse para celebrar a San Miguel.
En el atrio hay hombres construyendo con las manos el castillo de pólvora que habrá de iluminar la noche. Los coheteros vienen de Indaparapeo y ya tienen instalado su espacio. Dentro del templo se llevan a cabo las confirmaciones. Afuera, los niños comienzan a salir vestidos de blanco, muy arreglados, acompañados por sus familias.


Yo, que soy chismosa, aprovecho para entrar al antiguo convento.
Y ahí cambia el ritmo y el ruido se aplaca.
El claustro está verde, cuidado, lleno de helechos, hermoso. En los corredores hay mujeres vestidas de fiesta y hombres con sus trajes tradicionales. Los músicos esperan su turno para participar en la misa principal.
Y entonces aparecen las paredes.
Los murales del siglo XVI, en blanco y negro, siguen ahí.
Son preciosos.
Y mientras los miro pienso que este lugar ha visto pasar muchas más fiestas de las que yo podría contar porque antes de que Charo fuera el pueblo que uno encuentra hoy, antes de los cohetes, de los puestos de comida y de las mujeres que llegan vestidas para celebrar a San Miguel, aquí ya había otro pueblo.
Aquí vivían los matlatzincas o pirindas.
Charo fue una de sus cabeceras y ocupó un territorio importante dentro de la historia de Michoacán. Y hasta el nombre del pueblo, Charo, tiene más de una historia.


Durante mucho tiempo se ha explicado que Charo proviene de Characu, una palabra relacionada con “niño” o “niña chiquitito”, y que el nombre estaría relacionado con el llamado “Rey Niño”. Pero la historia de los nombres, como la historia de los pueblos, tampoco siempre tiene una sola versión y el investigador Ricardo Carvajal Medina ha propuesto otra interpretación a partir de la lengua matlatzinca registrada en el siglo XVI. Chara- estaría relacionado con lo colorado o bermejo y el final indicaría lugar. Charo sería, entonces, algo parecido a “lugar colorado”.
Dos maneras de nombrar un mismo lugar. Y quizá eso también dice algo de Charo: que debajo del pueblo que uno ve hoy hay muchas capas de historia.
Después llegaron los agustinos.
La evangelización de esta región comenzó muy temprano. Las crónicas agustinianas sitúan a fray Juan de San Miguel en Charo Matlalzingo desde 1531 y hacia 1550, fray Pedro de San Jerónimo estuvo al frente del convento y comenzó la construcción del conjunto que, con el paso de los siglos, todavía podemos recorrer.
Y entonces vuelvo a mirar los muros.
Porque una cosa es saber que estás dentro de un edificio del siglo XVI y otra muy distinta es estar ahí, caminar entre los helechos y levantar la vista para encontrarte con pinturas que llevan varios siglos mirando pasar a la gente.
Entonces recuerdo algo que me parece importante, en este mismo convento vivió y escribió fray Diego de Basalenque y me gusta pensar que, hace casi cuatro siglos, este lugar también fue para él un sitio desde donde mirar y escuchar.
Basalenque fue fraile agustino, historiador y estudioso de las lenguas indígenas. En Charo escribió parte de su obra y trabajó en su “Arte y vocabulario de la lengua matlatzinca vuelto a la castellana”. Este manuscrito está fechado en 1642 y fue publicado por primera vez hasta 1975, ¡imagínense cuántos siglos estuvo guardado todo ese conocimiento!. Basalenque también escribió aquí su “Historia de la provincia de San Nicolás Tolentino” de Michoacán, una de las crónicas fundamentales para conocer la presencia de los agustinos en estas tierras.
Basalenque murió en Charo en 1651.
Y mientras camino por el claustro, entre los jardines los músicos que esperan su turno y las mujeres vestidas de fiesta, pienso que hay algo bonito en esto: yo entré buscando el movimiento de una fiesta y terminé encontrándome con otro hombre que, siglos antes, también se dedicó a dejar memoria de este pueblo.
Pero Charo no es solamente lo que está escrito en los libros.
En Charo la gente es platicadora. Cálida. Saludadora. Dicharachera.
Uno llega preguntando cualquier cosa y termina sabiendo de la fiesta, de las cosechas, de quién viene de dónde y hasta de lo que va a pasar en la noche. Y ahí aparece Humberto Lemus, que vende chicharrones afuera del templo.
Le doy un ejemplar del periódico y le pregunto por qué la puerta de la iglesia está cerrada.
—Para que no entre… Ya sabes quién -me dijo. Humberto se refería al diablo. Esta frase de Humberto no es una ocurrencia porque en una fiesta dedicada a San Miguel, la frase tiene su propia lógica: San Miguel es el arcángel que combate al demonio. En Charo, mientras se llevan a cabo las confirmaciones, me imagino que se cierra la puerta de la iglesia para que no se meta.

Y la fiesta continúa también dentro del templo. Aproximadamente 25 personas ingresan llevando las ofrendas, mientras afuera esperan la música y los cohetes que anuncian su llegada. Mujeres y hombres llevan frutas, pan, semillas y copal ellas con sus vestidos de fiesta: faldas plisadas, mandiles bordados, rebozos, trenzas de colores y sombreros adornados con flores, ellos vestidos de blanco, con sombreros de ala ancha, paliacates y fajas rojas y huaraches. Muy guapos todos y con orgullo y hasta con cariño se refieren a su santo como San Miguelito.
Afuera vuelvo a encontrarme con la gente.
Doña Carmelita Piñón y Leonor son de El Vado, una pequeña comunidad que está “aquí atrás por aquella calle, todo derechito”, me cuentan que para ellas la fiesta buena es la del Señor de la Lámpara, el 6 de agosto.
Carmelita prepara mole rojo porque pertenece a una comisión de nombre muy rimbombante y al ver la cara que pongo me aclara:
—Soy pues de la vela perpetua, para que me entiendas —me explica.
Me da risa porque así son las conversaciones en Charo: uno pregunta una cosa y termina aprendiendo otra. Me cuentan también que en El Vado celebran a San Judas Tadeo el 28 de octubre, con danzas, música y mariachis y me invitan para que ese día las visite en su comunidad donde desde las 5 de la mañana están los mariachis.
—Somos exactamente 70 casas —me dicen, como si me estuvieran entregando el censo completo de su pueblo. Me gusta ese dato, porque un pueblo también puede medirse así: no solamente por kilómetros ni por habitantes, sino por las historias que caben en setenta casas.
Y yo sigo preguntando. Porque en Charo la gente platica.
Más adelante me acerco a un grupo de hombres y les ofrezco también el periódico y ante mi pregunta de ¿cómo están?, me responden:
—Pues ahorita estamos bien, oiga, quién sabe más al rato.
Y se ríen.
Entre ellos están Ramiro Manuel y Cecilio, campesinos que siembran maíz, frijol y garbanzo.
Me preguntan:
—¿Nomás tú andas en este jale? Refiriéndose a que voy sola con mi cámara y mi libreta
Hablamos de las cosechas. De las calabazas que algunos se llevan y dejan solamente los guajes. De lo que se siembra y de lo que cuesta sacar adelante una parcela. Y también hablan de los políticos que llegan a pedir el voto, saludan, estrechan manos y después, dicen ellos, se limpian la mano.
Yo escucho. Al final, eso es también lo que vine a hacer. Escuchar.
La fiesta de San Miguel no está solamente dentro del templo.
Está en la plaza.
Está en las historias que la gente cuenta.
En las que escribieron los frailes.
En las palabras que Basalenque quiso conservar.
En las pinturas que todavía permanecen en los muros.
Y también en esa frase de Humberto:
—Para que no entre el diablo.
Me voy de Charo pensando que quizá por eso aquí hay que subir dos veces para llegar a San Miguel.
Primero por la carretera.
Después por el atrio.
Y mientras uno sube, entre campanas, cohetes, flores, comida y gente que platica con uno como si lo conociera de siempre, el cielo vuelve a sentirse cerquita.












