Doscientos dieciséis años después, Charo e Indaparapeo vuelven a reunir a Hidalgo y Morelos

Hay caminos que llevan a un pueblo y hay caminos que llevan a la historia. También hay historias que duran unas horas y marcan el destino de un país.

Entre Charo e Indaparapeo hay apenas unos once kilómetros de camino. Una distancia breve, si se mide en el mapa, pero inmensa cuando se piensa en la historia que guarda. Fue por estos rumbos, el 20 de octubre de 1810, donde José María Morelos alcanzó a Miguel Hidalgo. Dos hombres que se conocían desde hacía veinte años volvieron a encontrarse, esta vez lejos de las aulas del Colegio de San Nicolás y en medio de una revolución que apenas comenzaba.

Caminaron juntos un tramo, llegaron a Indaparapeo y después cada uno siguió su rumbo. Ninguno podía saber entonces hasta dónde los llevaría aquel encuentro ni que, más de dos siglos después, sus nombres seguirían convocando a los habitantes de estos pueblos.

Hoy, 216 años después, vine a Charo para encontrarme con esa historia y con quienes todavía la mantienen viva. Pero para entender lo que ocurrió en aquel camino hay que regresar un poco en el tiempo.

En 1790, José María Morelos ingresó al Colegio de San Nicolás, en Valladolid, cuyo rector era Miguel Hidalgo y Costilla. No sería exacto decir que Hidalgo fue simplemente el maestro de Morelos, pues el joven estudiante tuvo distintos profesores. Lo que sí sabemos es que ambos se conocían desde aquellos años, cuando el futuro jefe insurgente dirigía la institución y Morelos todavía no imaginaba que su destino estaría ligado a construir un país, nuestro país: México.

El historiador Ernesto Lemoine, uno de los estudiosos fundamentales de la vida de Morelos, llamó la atención sobre ese vínculo previo al referirse a la entrevista de Charo e Indaparapeo: el “alumno Morelos” recibía instrucciones de su antiguo “maestro Hidalgo”.

Pero para entonces ambos habían recorrido caminos muy distintos pues Morelos había pasado buena parte de su juventud trabajando en la Hacienda de San Rafael Tahuejo, cerca de Apatzingán. Las biografías tradicionales lo recuerdan como arriero, aunque los documentos conservados muestran también que desempeñó labores administrativas y contables. Después regresó a Valladolid, estudió en San Nicolás y siguió la carrera eclesiástica. Para 1810 era cura de Carácuaro y Nocupétaro.

Hidalgo, por su parte, había sido rector de San Nicolás, párroco de Dolores y, el 16 de septiembre de aquel año, había encabezado el levantamiento que dio inicio a la guerra de Independencia.

Cuando llegó octubre de 1810, la Nueva España estaba viviendo una transformación vertiginosa. El levantamiento iniciado en Dolores había pasado por San Miguel el Grande, Celaya y Guanajuato. El 17 de octubre, Hidalgo entró en Valladolid, hoy Morelia al frente de las fuerzas insurgentes y dos días después, por instrucciones suyas, José María Anzorena promulgó un bando que abolía la esclavitud y el tributo.
Al día siguiente, 20 de octubre, Hidalgo salió de Valladolid rumbo a Acámbaro.

Y mientras él avanzaba, un hombre venía a su encuentro. Desde Carácuaro, Morelos había decidido ponerse a las órdenes del jefe insurgente.

El Glorioso Encuentro

En el camino de Charo a Indaparapeo, Morelos alcanzó a Hidalgo. La entrevista fue breve, pero trascendental. Morelos ofreció sus servicios a la causa insurgente. Hidalgo, en lugar de incorporarlo solamente como capellán, le confió una misión militar: levantar en armas las tierras del Sur y tomar el puerto de Acapulco.

El antiguo alumno había regresado junto a su antiguo rector, pero ya no para recibir una lección. Había llegado para recibir una encomienda.
Hidalgo y Morelos continuaron juntos hacia Indaparapeo. Llegaron a la hora de comer. Después se separaron.

Hidalgo pasó aquella noche en Indaparapeo y continuó posteriormente hacia Zinapécuaro y Acámbaro.

Morelos tomó el camino de regreso.

Al día siguiente, 21 de octubre, solicitó permiso a la autoridad eclesiástica para ausentarse de su curato de Carácuaro. En su solicitud dejó constancia de que debía emprender aquella misión por comisión de Hidalgo. También expresó la urgencia de partir a recorrer las tierras calientes del Sur y la necesidad de no perder tiempo.

Cuatro días después, el 25 de octubre, comenzó su primera campaña militar. Llevaba consigo apenas 25 hombres, armados precariamente con palos, machetes y algunos fusiles y lo que siguió pertenece ya a otra dimensión de la historia.

Después de partir de Carácuaro, pasó por Nocupétaro, donde reunió más hombres, y continuó hacia Huetamo, adonde llegó el 1 de noviembre de 1810. En pocos días, aquella pequeña partida había crecido de manera considerable. La misión encomendada por Hidalgo empezaba a convertirse en una verdadera campaña insurgente.

No era ya solamente el sacerdote que había ido a buscar al jefe de la insurrección. Era un hombre que debía organizar hombres, conseguir armas y abrirse paso por una región en la que la causa insurgente apenas comenzaba a tomar forma. Los caminos que recorría no eran solamente los que unían los pueblos: eran también los que habrían de llevarlo a convertirse en uno de los principales líderes de la Independencia.

Vendrían las campañas de Tierra Caliente, la toma de Oaxaca, el sitio de Cuautla, el Congreso de Chilpancingo y los Sentimientos de la Nación.

Hidalgo, mientras tanto, continuó al frente de la primera etapa de la insurgencia.

Pero sus caminos durarían poco pues habían transcurrido 152 días desde aquel encuentro en los caminos de Michoacán cuando el destino de Hidalgo dio un vuelco definitivo. El 21 de marzo de 1811, en Acatita de Baján, Coahuila, fue capturado y cuatro meses después sería fusilado en Chihuahua el 30 de julio de 1811.

Morelos continuó la lucha durante varios años más.
El movimiento continuó, con otros dirigentes y en otras regiones, hasta consumarse la Independencia en 1821.

Y el camino siguió: la historia que Charo vuelve a representar

Doscientos dieciséis años después de aquel encuentro, la mañana de este 20 de octubre, Charo volvió a reunir a Hidalgo y Morelos, esta vez en una representación que forma parte de la memoria y la identidad de sus habitantes.

En punto de las nueve de la mañana se llevó a cabo un acto cívico encabezado por el presidente municipal, Gabriel Molinero, en el que dos charenses dieron vida a los personajes históricos que se encontraron en los caminos de Michoacán. No eran los hombres de 1810, por supuesto, pero durante unos momentos les prestaron sus voces y sus gestos para devolverlos al lugar donde la historia los hizo coincidir.

Hay algo profundamente emotivo en escuchar de nuevo las palabras de aquellos personajes y ver cómo se recrea su encuentro. La historia deja de ser una fecha acartonada para convertirse en una escena que puede presenciarse, escucharse y compartirse con los demás. Quienes representan a Hidalgo y Morelos lo hacen con el orgullo de contribuir a que ese episodio siga transmitiéndose a las nuevas generaciones.

A José María Morelos lo representó Juan Luis, trabajador del Ayuntamiento de Charo, quien lleva varios años consecutivos interpretando al Siervo de la Nación. Lo hace, cuenta, con mucho orgullo, porque considera importante mantener vivas estas celebraciones. Le preocupa que los jóvenes pierdan el interés por la historia y cree que es necesario seguir realizando actividades como esta para que las nuevas generaciones conozcan y recuerden los acontecimientos que marcaron el rumbo de nuestro país.

Al escucharlo, una entiende que ponerse el traje de Morelos significa para él algo más que representar a un personaje histórico y es una manera de contribuir a que su memoria permanezca viva, de acercar a los jóvenes a su propia historia y de darle continuidad a una tradición que los habitantes de Charo han hecho suya.

A su lado, otro charense dio vida a Miguel Hidalgo y juntos recrearon aquel encuentro que, hace 216 años, unió sus caminos por un breve tramo y que hoy sigue convocando a su pueblo.

Pero en Charo la conmemoración no se queda en el acto oficial. Es una celebración que se extiende a las calles y en la que participan distintas generaciones. Después del canto del Himno Nacional, de la representación de los héroes y del discurso del presidente Municipal que terminó con un ¡Viva México! el contingente avanzó en un pequeño desfile hacia la plaza. A la cabeza iba el presidente municipal, portando la bandera, seguido por los participantes y los niños de las escuelas, que también forman parte de esta jornada conmemorativa.

En el trayecto, algunas personas esperaban afuera de sus casas para mirar el paso de la comitiva. Y entonces ocurría algo que me pareció especialmente tierno: mientras el desfile avanzaba por las calles, los vecinos arrojaban confeti a quienes participaban en él.

El confeti caía sobre los niños y los demás integrantes del contingente, como si las propias calles quisieran sumarse a la fiesta. No hacía falta conocer cada fecha ni recordar todos los nombres para comprender que algo importante estaba sucediendo. Bastaba con mirar a las familias reunidas, a quienes salían de sus casas y a quienes acompañaban el desfile hasta llegar a la plaza.

Entre los participantes también se encontraba un contingente de personas adultas mayores, organizado por el DIF municipal, con su rey y sus reinas. Ellas lucían vestidos largos de gala en tonos champaña, pequeñas coronas y bandas conmemorativas, mientras otras integrantes del grupo, vestidas de blanco, las acompañaban durante el recorrido. Algunas llevaban canastas de dulces entre las manos. Había elegancia y alegría en aquella estampa, pero, sobre todo, una presencia que merece ser celebrada: la de quienes siguen participando activamente en la vida de su comunidad y forman parte de una fiesta que reúne a distintas generaciones.

Los niños, los adultos mayores, los personajes históricos, las autoridades y las familias que se asoman desde sus casas forman parte de una misma celebración. Cada quien participa a su manera, pero todos contribuyen a que aquel episodio ocurrido en los caminos de Michoacán siga teniendo un lugar en la vida del pueblo.

Porque la memoria histórica también se construye así: en las pequeñas ceremonias que una comunidad hace suyas, en las personas que año tras año aceptan representar a quienes estuvieron antes y en los niños que observan una historia que quizá algún día contarán y representarán a su manera.

El encuentro de Hidalgo y Morelos ocurrió hace 216 años, pero en Charo sigue teniendo un lugar en la vida de sus habitantes. Ellos no pueden cambiar lo que sucedió en aquel camino, pero sí pueden mantener vivo su recuerdo, darle rostro y voz y compartirlo con quienes vienen detrás.

Los caminos que todavía nos encuentran

Después de aquel 20 de octubre de 1810, Hidalgo y Morelos siguieron caminos distintos. Uno continuó hacia el oriente, rumbo a una historia que terminaría apenas unos meses después. El otro regresó a Carácuaro para emprender una campaña que lo llevaría a convertirse en uno de los principales jefes de la Independencia. No volverían a encontrarse personalmente.

Hoy conocemos el desenlace de sus vidas, las batallas que libraron y el lugar que ocuparon en la historia de México. Pero aquel día, en los caminos de Michoacán, nada estaba escrito por completo. Morelos apenas recibía la encomienda que cambiaría su destino; Hidalgo todavía ignoraba cuánto tiempo le quedaba al frente de la insurgencia.

Doscientos dieciséis años después, estuve en Charo para mirar cómo aquel episodio vuelve a tomar forma. Vi a dos hombres del pueblo prestarles el rostro y la voz a los protagonistas de aquella historia; vi a los niños caminar en el desfile, a los adultos mayores participar con sus vestidos de gala y sus coronas, y a las familias salir de sus casas para arrojar confeti al paso de la comitiva. Por un momento, el pasado dejó de ser una fecha lejana y se hizo presente en las calles.

Quizá eso es lo que los pueblos consiguen cuando hacen suya una historia: no pueden cambiar lo que ocurrió, pero sí pueden decidir qué merece seguir siendo contado. Y mientras en Charo haya quienes se vistan para representar a Hidalgo y Morelos, niños que los miren con curiosidad y vecinos que salgan a celebrar su paso, aquel encuentro seguirá teniendo un lugar en el presente.

Al final, mientras el confeti caía sobre los participantes y las familias acompañaban el desfile, pensé que aquellos hombres se habían encontrado en estas tierras hacía más de dos siglos, pero su historia todavía era capaz de reunir a un pueblo entero.