Mientras llega el Nobel

Hoy me levanté bien temprano para ver quién había ganado el Premio Nobel de Literatura, con la esperanza de que iba a saltar de mi cama para gritar que se lo había ganado Cristina Rivera Garza.

Este año se lo llevó a la canadiense Anne Carson y la noticia dice que estaba barriendo su cocina en Islandia cuando sonó el teléfono. La Academia Sueca quería decirle que acababa de ganar el Premio Nobel y dicen que había tanto viento en aquel país lejano donde radica, que apenas podían escucharse.

Me quedé pensando en la escena, todavía desde mi cama. No en el Nobel sino en Anne con su escoba lo cual me refiere a la vida cotidiana de las mujeres porque una puede ser una de las personas más brillantes de su tiempo;, puede dedicar la vida entera a escribir, investigar, pensar, crear; puede llegar al punto más alto del reconocimiento internacional y sin embargo, una mañana cualquiera estás allí barriendo la cocina.

Recuerdo que en 2007, cuando este mismo premio lo ganó Doris Lessing, ella venía regresando del mercado y unas alcachofas se asomaban por la bolsa. Y entonces me puse a buscar qué estaban haciendo otras galardonadas cuando les avisaron de semejante acontecimiento.

Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura 2015, estaba planchando.

Carol Greider, Nobel de Fisiología o Medicina 2009, doblando ropa a las cinco de la mañana.

Annie Ernaux, Nobel de Literatura 2022, estaba en su cocina —¿dónde más?— escuchando la radio, y ahí mismo se enteró de que había ganado el Nobel.

A Toni Morrison, Nobel de Literatura 1993, una amiga tuvo que llamarla para decirle que había ganado. Cuando se lo dijo ni siquiera le creyó, Morrison pensó que andaba peda, le colgó y siguió con su día, hasta que la llamada oficial desde Suecia confirmó la noticia.

Entonces me dio curiosidad otra cosa y busqué las anécdotas de los hombres. No encontré, al menos entre las historias más conocidas, a ninguno recibiendo la llamada del Nobel mientras barría, hacía las compras o doblaba ropa. A uno lo encontraron en la bicicleta.

A otro, en la cama. A otro, en la regadera y fue su esposa quien le pasó el teléfono. Es decir: también estaban haciendo cosas cotidianas. Pero, curiosamente, en estas historias masculinas la vida cotidiana parece tener otra escenografía.

No es que yo quiera hacerles un concurso de quién estaba haciendo qué cuando sonó el teléfono —aunque confieso que un poquito sí—. Lo que me interesa es la diferencia porque cuando la noticia encontró a estas mujeres, muchas veces las encontró en medio de esas pequeñas tareas domésticas que nadie considera dignas de una biografía: haciendo las compras, planchando, doblando ropa, barriendo la cocina.
Y ahí está, quizá, la parte que me parece más interesante. No la escoba ni la plancha. La vida.

La vida que sigue ocurriendo mientras una mujer escribe un libro, hace un descubrimiento, piensa durante años una idea o construye una obra que terminará llevándola hasta un Premio Nobel. Durante mucho tiempo, además, buena parte de esas tareas cotidianas ha recaído sobre las mujeres y ha sido considerada tan natural que casi ni se nombra.

Por eso me gusta que estas pequeñas historias las devuelvan, aunque sea por un instante, a la escena completa: no como “las mujeres que también barren”, sino como mujeres extraordinarias cuya vida no ocurre en un pedestal.

El Nobel llega, pero la ropa sigue ahí, el refri no se llena solo, la cocina no se barre sola. Y, por supuesto, el teléfono suena justo cuando una tiene las manos ocupadas.

Quizá eso sea lo verdaderamente significativo de estas historias: el mundo puede estar llamando para decirte que acabas de entrar en la historia de la humanidad y tú puedes estar pensando, simplemente, que primero hay que terminar de planchar.

Y un día se gana el Nobel pero al día siguiente hay que levantarse y hay que desayunar, hay que ir a trabajar, hay que guardar el mercado, hay que pensar qué vas a hacer de comer. Se sigue viviendo.

Me gustan estas historias porque recuerdan algo mucho más sencillo: que antes de convertirse en fotografías, discursos, medallas y nombres en los libros de historia, fueron mujeres viviendo su vida. Y en medio de esa vida perfectamente ordinaria, sonó un teléfono, alguien dijo un nombre y el mundo les anunció que eran extraordinarias.

Pero ellas ya lo eran. Y, como sea, me encanta que el Premio Nobel de Literatura sea para una mujer. Me gusta que el nombre de una escritora vuelva a ocupar ese lugar enorme, que el talento de las mujeres siga siendo visible y que la literatura escrita por mujeres siga llegando hasta esos escaparates donde, durante tanto tiempo, nos acostumbramos a mirar sobre todo nombres de hombres.

Así que bienvenida, Anne Carson.

Yo seguiré esperando, con esa esperanza un poco ingenua y un poco terca de ver aparecer a mi Cristina Rivera Garza, mientras, ya me voy a lavar los trastes que se quedaron allí desde ayer.