El silencio de Charo

Hay palabras que no deberían existir en un diccionario. Feminicidio, por ejemplo. Sin embargo, con mucha pena hay que nombrarlas para que aquello que sucede no se vuelva invisible. Es muy triste que el concepto haya sido creado en México por la antropóloga y feminista Marcela Lagarde que introdujo y desarrolló el concepto de feminicidio para poner en el centro de la discusión la violencia contra las mujeres. Triste que una palabra así se haya inventado en nuestro país. Triste tener que estarla repitiendo con nombres y apellidos de mujeres por todo lo largo y lo ancho de nuestro país.

El martes pasado estuve en Charo, un pueblo de poco más de cinco mil habitantes en su cabecera municipal donde la historia se celebraba en las calles. Se conmemoraba el 216 aniversario del encuentro entre Morelos e Hidalgo que sería un evento fundamental para el inicio del movimiento independentista de nuestro país.

Ese día había niños formados con sus banderas, algunos vestidos de blanco con sombreros y escopetas. Todos muy peinaditos con gel, las niñas con sus moños; maestros pendientes de que todo saliera bien, jinetes a caballo y una feria que daba movimiento y alegría a Charo asistiendo a su fiesta. Ese día me encontré con un pueblo que mostraba con orgullo su historia, sus tradiciones y su vida cotidiana.

Regresé sólo tres días después y encontré otro Charo. La plaza de las 6 de la tarde estaba solitaria, había carteles morados con frases que retumban en tantas ciudades de nuestro país: “ni una más”, “Justicia para Janet”, “no estamos todas, “aquí no pasa nada hasta que nos matan” y “nos falta Janeth” justo en la puerta de la Presidencia Municipal al que le acompañan dos coronas de flores de las que se usan en los funerales.

Las flores se han secado y los juegos mecánicos de la feria que apenas hace un par de noches recibían a charenses contentos yacían en el suelo volteados por un pueblo que no sabe cómo enfrentar algo que nunca había pasado aquí: un feminicidio. El de Janeth.

En una casa, bajo una lona, la gente llegaba con flores para despedir a Janet. Más de cien personas, entraban y salían; algunas conversaban en voz baja, otras permanecían sentadas en silencio. El ambiente era de tristeza, pero también se percibía algo más difícil de nombrar: la rabia y la incertidumbre de una comunidad que se enfrenta a una violencia que tantas otras partes de México conocen demasiado bien.

Esa tarde también conocí a Chantal, una muchacha de 15 años que cursa el primer año de preparatoria. Su nombre me pareció francés y se lo dije; ella confirmó que así era. Hablaba con soltura y cuando le pregunté qué quería hacer al terminar la escuela, me respondió que se iría a la Ciudad de México porque quería ser militar.

Le hice notar que era una profesión en la que predominaban los hombres y le pregunté si no preferiría estudiar medicina militar. “No, yo quiero ser militar”, me respondió con determinación. Su mamá también quería que siguiera ese camino. Me quedé pensando en aquella muchacha y en la seguridad con la que hablaba de su futuro, mientras Charo intentaba asimilar la muerte de Janeth y las mujeres se enfrentaban a la incertidumbre que había dejado su asesinato.

En un pueblo donde las familias se conocen, donde casi siempre se sabe quién es quién, de dónde viene cada persona y a qué se dedica, una muerte violenta no se queda encerrada entre las paredes de una casa. Se extiende por las calles, altera las conversaciones y cambia la manera de habitar los espacios. Al menos eso sentí al caminar por Charo esta tarde: como si el pueblo, que el martes se mostraba jubiloso, hubiera cambiado de ánimo en apenas unas horas. El aire está frio. El cielo no tiene nubes.

No quiero contar aquí los detalles de la muerte de Janet. Quiero detenerme en lo que su ausencia deja en quienes habitan este lugar y en las preguntas que su muerte nos obliga a hacernos. ¿Qué significa para las mujeres vivir en una comunidad pequeña cuando la violencia irrumpe de esta manera? ¿Cómo cambia la sensación de seguridad cuando el miedo deja de parecer algo lejano y se instala en el propio pueblo?

Hay palabras que no deberían existir, pero mientras existan las violencias que las nombran, no podemos dejar de pronunciarlas. Decir feminicidio no devuelve una vida ni consuela a una familia pero ayuda a reconocer que la violencia contra las mujeres no es un hecho aislado ni un asunto que deba quedar oculto. Nombrarla es también una forma de exigir que no se olvide y que no vuelva a ocurrir: Janeth, 27 años, victima de feminicidio en Charo Michoacán el 22 de octubre de 2026.

Que no se nos olvide su nombre.
Que no se nos olvide Charo.
Que no se nos olvide ninguna.