ÚLTIMA PARTE
Y cuando llega el momento de hablar de su retiro el padre Pistolas tampoco se queda callado. Ahí está otra vez ese hombre que no parece dispuesto a que nadie le diga cuándo termina su historia. Lo dice manoteando y con voz firme:
—Que me van a quitar de padre, pendejos, me van a quitar del templo. De cura no me quitan hasta que me muera. Es más, ya muerto voy a seguir siendo cura.
Y ahí está todo.
Le pueden quitar el templo.
Le pueden quitar la parroquia.
Pero no el sacerdocio.
Ni al padre Pistolas.
Porque para él una cosa es dejar de ser el párroco de San Nicolás Tolentino y otra muy distinta dejar de ser cura.
Lo que susurra el aire para los que no somos de Chucándiro es que el padre ya se va.
El 23 de octubre tendrá que dejar la parroquia de San Nicolás Tolentino. La Arquidiócesis de Morelia le pidió la renuncia con fundamento en el canon 538.3 que establece que los 75 años es la edad que establece el Derecho Canónico para los párrocos. La Arquidiócesis no le concedió el año que había solicitado para terminar su casa y una capilla que tiene en construcción a las afueras del pueblo.
Pero en Chucándiro la noticia parece tener otra lectura.
A la entrada del atrio estaba Johan, un muchacho güero y joven que me cuenta que le ayuda al padre a moler las plantas de los remedios. Cuando le preguntamos:
—Oiga, ¿que ya se va el padre?
Nos contestó:
—No, no, no se va. Sí se va a ir, pero a su casa, que está aquí arribita, rumbo a Huandacareo. Aquí todo va a seguir normal. Él va a seguir dando su misa y dando sus pláticas y todo va a seguir normal.
Esa es la lectura que uno escucha en Chucándiro porque el padre Pistolas, que no deja demasiado espacio para las interpretaciones, dijo: “Ya me jubilé, pero aquí me voy a quedar, hasta que me muera.”
Así que el 23 de octubre el padre Pistolas se irá. Pero se irá a su casa.
A unos cuantos minutos de la parroquia. Y desde ahí, según ha dicho él mismo, seguirá atendiendo a los enfermos, trabajando en sus obras y viviendo en Chucándiro.


Cuando uno lo ve sentado en su patio hablando con su gente cuesta imaginarlo jubilado. No parece un hombre de 75 años. O mejor dicho: sí tiene 75 años, pero no parece tener un espíritu de 75 años. Tiene un espíritu joven. Jovial. Inquieto.
Por eso en Chucándiro hay algo extraño en esta despedida.
El padre se va.
Pero no se va.
Deja la parroquia.
Pero se queda en el pueblo.
Deja de ser el párroco.
Pero no deja de ser el padre Pistolas.
Y quizá por eso el aire de Chucándiro no huele todavía a despedida.
Huele simplemente a que el padre va a cambiar de casa.
Y nada más.
Porque el padre Pistolas puede dejar el templo. Puede cambiar de casa. Puede jubilarse. Pero como él mismo dice: de cura no lo quitan hasta que se muera.
Y quizá ni entonces.
Me voy de Chucándiro con la imagen del padre que de la nada se arranca y canta:
“Granada, tierra soñada por mí…” Es Granada, de Agustín Lara.
Me voy de Chucándiro con el Padre que pide que agradezcamos a Dios por la lluvia.
Me voy de Chucándiro con el padre que les dice a los padres de familia que enseñen a sus hijos a amar a México.
Me voy pensando en este quijote michoacano, aunque sea de Guanajuato.
Me voy pensando en el cantante, en el sacerdote que atiende a los enfermos, en el hombre que construye carreteras, en el que usa sombrero, la hebilla con la pistola y la funda vacía, en el que habla de Claudia sin apellido, en el que cuenta chistes y dice groserías.
Ese es el padre Pistolas.
Quizá por eso pensé otra vez en Don Quijote.
No porque el padre Pistolas sea un personaje salido de un libro, sino porque Alfredo Gallegos, como aquel hombre de La Mancha, terminó construyendo un personaje que ya camina por el mundo por cuenta propia.
Alfredo Gallegos es el hombre.
Padre Pistolas es el personaje.
Y en Chucándiro, como en La Mancha, ya nadie parece tener demasiado claro dónde termina uno y empieza el otro.













