SEGUNDA PARTE
Antes de llegar a Chucándiro ya había investigado bastante sobre el padre Pistolas.
Quería saber quién era y qué había hecho antes de llegar al pueblo. Había leído sobre él y había visto muchos de los videos que existen sobre sus misas y sus famosas pláticas de salud. Hay miles.


Cuando digo miles, no exagero. Al principio uno no sabe por dónde empezar, no obstante, después de consultar tanto material, uno podría hacerse una idea bastante precisa de él: un hombre áspero, que habla fuerte, que dice muchas groserías, que también grita, que se enoja, que es rijoso, intenso y hasta cierto punto incómodo. Un personaje del que no sabes qué esperar porque parece dispuesto a decir lo que sea y a quien sea.
Yo llegué a Chucándiro con todos estos prejuicios.
Cuando entramos al patio, escucho su voz que ya conozco:
—Vienen de Irapuato y no traen fresas, vienen de Uruapan y no traen aguacates, vienen de Celaya y no traen cajeta. Puro culo.
Pásenle, siéntense, acá hay lugar —dice dirigiéndose a nosotros.
Y ahí estaba: el Padre Pistolas de los videos.
Al verlo ahí sentado bien a gusto en su patio pensé en los libros que, según él mismo ha contado, le leían de niño: Don Quijote de la Mancha y El Lazarillo de Tormes.
Y de pronto la comparación me pareció inevitable.
Porque Alfredo Gallegos es el nombre del hombre. Padre Pistolas es el personaje.


Como Don Quijote, ha terminado construyendo una identidad que ya es más grande que el hombre que la inventó. Solo que aquí no hay armadura ni lanza, ni molinos de viento, hay un sombrero vaquero, botas, una pistola y Chucándiro como escenario.
Y quizá hay también algo de Lázaro: esa manera de mirar el mundo desde abajo, de hablarle a la gente sin demasiados adornos y de decir las cosas como vienen.
Yo había llegado creyendo que ya sabía quién iba a encontrar. Y la verdad es que no.
El padre llevaba su atuendo de siempre: sombrero vaquero blanco con una pluma de pavorreal, camisa western clara de manga larga con bordados en el pecho, pantalón beige y unas botas cómodas de gamuza, medio hippies.
A la cintura llevaba también una funda de pistola vacía.














