Me invitaron al evento de la presidenta Claudia Sheinbaum en el Pabellón Don Vasco y llegué alrededor de las cuatro de la tarde.
Todo en la zona era un caos vial. No había lugar. No había dónde estacionarse. Cientos de personas llegábamos al Pabellón. Había gente vestida de guinda, grupos que se notaba que venían organizados y también personas que llegábamos por nuestra cuenta. Después de dar varias vueltas logré estacionarme y vino la segunda parte de la aventura: entrar.
La entrada era un apretujadero de personas. Éramos cientos intentando llegar al mismo lugar y por momentos aquello parecía una sola masa avanzando hacia las puertas. Pero finalmente logramos entrar.


En la explanada había un pequeño techito donde estaban repartiendo banderas de México. Tomé una y seguí caminando. Por fin entré a la parte de abajo del Pabellón. El piso era de tierra y habían colocado sillas de manera bastante improvisada. Arriba, en las gradas, ya estaba lleno.
Y comenzó la espera y el desfile con las personalidades de Morena y los distintos actores de la política michoacana. Unos saludaban, otros se encontraban entre ellos, otros buscaban su lugar.
Todos veníamos a lo mismo: a ver a nuestra presidenta.
Arriba, del lado derecho estaban los profesores universitarios vestidos de blanco, con un enorme letrero que decía “Bienvenida presidenta”. De vez en cuando aparecía ese grito que los nicolaitas reconocemos de inmediato: “Pis-pas, pis-pas, calis calás, calis calás, shhh… ¡San Nicolás!”


Y entonces conocí a dos mujeres que habían llegado desde Uruapan.
Estaban muy arregladas, con sus vestidos bordados muy hermosos y coloridos. Venían a ver si desde la Presidencia podían ayudarlas a resolver un problema. Una de ellas ya había visto a Claudia cuando fue a Uruapan. Me contó que le gustaba porque, no usaba ropa de marca, sino prendas bordadas por mujeres de todo México.
—Está chiquita. Es igual de chaparrita así como yo.
Yo le pregunté:
—¿Y cuánto mide usted?
—Un metro cincuenta.
Mientras hablábamos comenzó a cambiar el tiempo y a las 6:15 de la tarde empezó a llover y ellas sacaron sus rebozos.
El Pabellón Don Vasco, que parecía muy grande cuando llegamos, de pronto se sentía demasiado abierto y la lluvia y el aire se metían por los costados y comenzó a caer una especie de rocío sobre la gente.Una señora que estaba sentada delante de mí miró hacia el escenario y dijo:
—Se va a mojar.
No dijo quién.
No hacía falta.
La lluvia siguió y la espera también.
El evento estaba programado para las seis de la tarde, pero Claudia todavía no llegaba y pasaron las seis y seguíamos esperando. Los ánimos, contra todo pronóstico, no bajaban. Seguíamos ahí. Las banderas seguían arriba. Se escuchaban gritos, música, conversaciones y de vez en cuando el inconfundible Pis-pas de los nicolaitas.
Hasta que finalmente, alrededor de las 7:20 de la noche, llegó la presidenta.
Y entonces todo cambió. La gente se puso de pie y el Pabellón Don Vasco se llenó de un solo grito:
“¡Presidenta! ¡Presidenta!”

Antes de que hablara Claudia hubo una breve intervención del gobernador Alfredo Ramírez Bedolla.
Después ella tomó el micrófono.
Con su estilo sencillo pero elegante llevaba una blusa bordada, de un color entre morado y fucsia, pantalones negros y tenis blancos.
Se quedó unos momentos observando.
La vi mirando a la gente, recorriendo con la mirada lo que pasaba frente a ella. La sentí muy perceptiva de todo lo que estaba ocurriendo ahí abajo.
Y entonces, con un tono muy cercano, lo primero que dijo fue:
—¿Cómo están?
Y entonces comenzó la rendición de cuentas.
Pero hubo una parte de su discurso que, más que los números, me llamó la atención por la manera en que el público reaccionaba.
Claudia comenzó hablando de 36 años de periodo neoliberal de traición a los principios por los que ha luchado el pueblo de México.
Fue recorriendo esos años y nombrando a los presidentes uno por uno.
Miguel de la Madrid.
Y desde el público llegó el:
—¡Buuuu!
Después siguió con Carlos Salinas de Gortari.
Otro:
—¡Buuuu!
Y luego Ernesto Zedillo. Vicente Fox. Felipe Calderón.
Conforme avanzaba la lista, el abucheo se hacía más generalizado.
Ya para Felipe Calderón el ¡buuuu! era prácticamente de todo el Pabellón.
Habló de 36 años de desigualdad y pobreza. También mencionó los fraudes electorales de 1988 y 2006.
Y entonces llegó Michoacán.
Habló de esta tierra como cuna de la Independencia. Mencionó a José María Morelos y Pavón y la lucha que siguió después de Hidalgo.También habló del artículo 39 de la Constitución:
“La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo.”
Desde ahí, Claudia fue llevando su discurso hacia lo que llamó una nueva era iniciada en 2018. Y hubo una frase que es clave en el vivir diario de la vida política de México:
“Jamás debe olvidarse la honestidad.”
Después comenzaron los números.
Habló del salario mínimo y recordó que en 2018 era de alrededor de 2 mil 800 pesos mensuales, mientras que para 2026, dijo, supera los 9 mil 500 pesos. Habló de los adultos mayores y los llamó héroes y heroínas del pueblo de México. Dijo que en México la pensión para los adultos mayores es un derecho constitucional.
Después vino el recuento de los programas.
Habló de las becas para estudiantes, desde primaria y secundaria hasta preparatoria y universidad.
Dijo algo que, estando en Michoacán, sonó especialmente cercano:
“Si vives en Michoacán, estás becado desde primaria, secundaria, preparatoria y universidad”.
Habló también de los pequeños productores, de los fertilizantes gratuitos, de Sembrando Vida, de la leche para los niños, del mantenimiento de las escuelas, de la Pensión Mujeres Bienestar y de la atención de salud casa por casa.

Y llegó el Plan Michoacán.
Entonces ocurrió algo muy bonito: algunas personas se pusieron de pie y levantaron la bandera de la nación purépecha.
Y apareció el lema:
“¡Juchári Uinápekua!”
Yo estaba ahí escuchando el discurso, pero también mirando al público.Porque una cosa era lo que Claudia decía desde el escenario y otra era lo que ocurría abajo.
Cuando dijo:
—Por el bien de todos…
el Pabellón entero respondió al unísono:
—¡Primero los pobres!
Y otra vez:
—Con el pueblo todo…
Y todos completaron:
—Sin el pueblo ¡nada!
Ya no era solamente la presidenta hablando desde el escenario. El público parecía saberse de memoria aquellas frases y las completaba con ella.
Hacia el final habló de algo que llamó los cuatro amores de los mexicanos.
El amor a la familia.
El amor al prójimo.
El amor a la naturaleza, a la madre tierra.
Y el amor a la patria.
No hay nada más importante que la patria, dijo.
Y entonces cerró mirando hacia Michoacán.
Aquí se ama a la patria.
Y vino el grito:
¡Que viva Michoacán!
¡Que viva México!
El evento fue muy emotivo.
Y agradecí que fuera breve.
En cuanto terminó, la presidenta se bajó del escenario y se dirigió hacia las personas que habían colocado hasta adelante. No eran funcionarios. Eran ciudadanos, michoacanos que habían llegado a verla.
En unos segundos se hizo una multitud alrededor de donde estaba Claudia. Todos querían acercarse, saludarla, verla de cerca.
Yo ya iba de salida cuando me encontré con una última escena.
Ahí estaba una muchacha parada arriba de una silla que, con una bandera de México, gritaba:
—¡Presidenta! ¡Presidenta!
Y ya.
Con eso me quedo.
Salí del Pabellón Don Vasco y afuera me esperaban los charcos que había dejado la lluvia.
Y la oscuridad.

Las calles estaban prácticamente sin alumbrar.
Adentro había banderas, gritos y emoción.
Afuera, charcos y calles oscuras.
Y pensé que quizá ahí estaba, en una sola noche, una de esas contradicciones que tiene nuestra política mexicana.
Este sábado nuestra presidenta estará en Sonora. No sé a qué hora duerma esta mujer, pero me gustó mucho verla hoy en Morelia.










