TERCERA PARTE
El padre Pistolas no fuma, no toma Coca-Cola, no come Fruty Lupis y el aparato reproductor, que él llama “pito”:
—Sólo lo uso para miar —dice sin ningún empacho.
Pero entonces, como ya se estarán dando cuenta hacia dónde voy: Dios le dio un defecto: tiene la lengua muy larga. Y no lo digo porque hable mucho. Bueno, sí habla mucho, pero lo interesante es que parece no tener ningún interés en callarse lo que piensa. El padre dice:
—A mí no me pueden callar. Yo soy como mi gallo; ese todas las mañanas canta, le vale madres. Y empieza a hablar de las enfermedades, de las plantas curativas, de los políticos, de las carreteras, del maíz, de las mujeres, de la buena alimentación. Habla en misa y habla fuera de misa. Habla con sus pacientes y con quienes lo rodean.
Y al final se presenta ante nosotros como lo que quizá es para la gente de Chucándiro: una especie de abuelito de los de antes, regañón, gritón y malmodiento que trata a todos como si fueran sus hijos o sus nietos. Por ejemplo, este domingo nos grita:
—¿Quién va al molino en la mañana?
Nadie levantó la mano.
—Pinches viejas huevonas.
Lo dice para explicar que ni sus gallos ni sus pericos comen tortillas de tortillería porque, según él, son pura cochinada. Entonces toma una tortilla que tiene sobre la mesa que sí es de maíz azul de a deveras. Le da una mordida. Después le da un trago a su atole, también de maíz. Luego toma el bote de uno de sus remedios para las lombrices y los oxiuros y también le da un trago.
Desde hace años el padre se ha dedicado a preparar remedios con plantas medicinales y recetas de herbolaria antigua para diferentes y muy variados padecimientos.

Al centro del patio de lo que supongo es su casa, junto a la iglesia de San Nicolás Tolentino, habían colocado varias sillas. Al frente había una mesa sobre la que el padre había puesto un plato con una ensalada y varios vasos: uno con lentejas, otro con habas, otro con frijoles y otro con garbanzos.
Al lado de la mesa había una caja de muerto y en ese momento no entendí qué hacía un féretro ahí. Me pareció una presencia bastante tétrica para una plática de salud. Después iba a saber por qué estaba ahí.
Ahí empecé a entender que las plantas medicinales, las leguminosas y los consejos de salud eran apenas una parte de lo que uno iba a encontrar en aquel patio porque debajo de esa lengua larga hay algo más.


El padre apela constantemente al sentido común y lo hace con frases rotundas que no necesitan demasiada explicación.
—Dios no ayuda a los pendejos, ni a los culos.
—A ver. Digan conmigo. Repitan fuerte.
Y todos esperamos.
—Dios.
Todos lo seguimos:
—Dios.
—No ayuda…
—A los pendejos.
Y todos repetimos:
—A los pendejos.
Como una letanía. Como una especie de catecismo del padre Pistolas.
Y la gente se ríe. Nos reímos, pero también nos quedamos pensando que no hay que ser pendejo porque lo que el padre quiere decir es bastante sencillo: hay que ser buena persona, hay que comportarse bien, no hay que engañar, no hay que traicionar a la gente que nos quiere.
Es una especie de moral a punta de groserías.
A veces pienso que el padre Pistolas es una especie de traductor de la Biblia. Un traductor de la Biblia chucandirense. Toma historias, personajes y enseñanzas que llevan siglos allí y las traduce a su manera: al lenguaje de la plaza, de la casa, de la calle, de la gente que tiene enfrente. En su idioma hay pendejos, viejas huevonas, borrachos, rateros, pitos sueltos. También hay temas serios como cuando dice:
“Hay que perdonar no tres veces, como dice Moisés, ni siete. Hay que perdonar setenta veces siete. O sea siempre.”
El padre puede decirlo con una o muchas groserías, con un chiste o con una frase que parece salida de una cantina. Pero debajo de todo eso hay una idea bastante elemental de la vida: no seas “culo” y creo que en ese sentido el padre Pistolas ha sabido entender algo del espíritu mexicano.
Porque los que estamos sentados en aquel patio no necesariamente estamos ahí de buen humor. Muchos llegan enfermos. Llevan sus estudios, sus análisis, sus preocupaciones. Están esperando que el padre los atienda pero entonces el padre suelta un chiste y todos se ríen. Dice cualquier barbaridad. Por ejemplo, que el noventa por ciento de las mujeres engañan a sus maridos.
Y la gente vuelve a reír.
No parece que estén frente a un sacerdote al que haya que escuchar en silencio y con solemnidad. Están frente a ese abuelo que te grita, te regaña, te pendejea y quizá ahí está una parte de su encanto. El padre Pistolas entendió que para hablarle a la gente tenía que hablarle como habla la gente: sin solemnidad, sin demasiados filtros, con humor. Y con una idea muy sencilla de lo que está bien y lo que está mal.
—Por eso yo le dije a Claudia que necesitábamos tantos millones de pesos para las carreteras.
—O por eso Claudia intentó terminar con esa mafia del maíz transgénico.
Y es entonces cuando me percato de que Claudia es Claudia Sheinbaum.
No hay protocolo. No hay reverencias. No hay esa distancia que uno suele escuchar cuando alguien habla de la presidenta de México. Para él es simplemente Claudia. Claudia como si fuera su comadre.
Y mientras lo escucho hablar pienso que quizá eso también explica algo del padre Pistolas: que no parece demasiado interesado en guardar las formas. Ni con la pistola. Ni con la misa. Ni con nadie.
Y por fin se devela el misterio de la caja de muerto.
El padre la abre.
Y empieza a sacar cosas: Chetos, Takis, Mayonesa, Cátsup, Salsa Valentina.
Las va sacando una por una y las avienta al suelo con desprecio.
—¡Viejas pendejas! ¡Les dan Choco Krispis a sus hijos!
Y entonces empieza con las salchichas y explica de qué están hechas para que entendamos que eso no es comida. La caja de muerto termina convertida en una especie de altar de la comida que el padre considera basura.
Y mientras él va sacando productos y pendejeando a las madres que se los damos a nuestros hijos, uno empieza a entender que sus pláticas de salud no son exactamente consultas médicas. Son otra cosa. Son sermón. Son regaño. Son espectáculo. Y son educación, pero sobre todo, son una conversación permanente con la gente.
La misa estaba anunciada para la una de la tarde y a la una el padre todavía tenía una fila de unas 30 personas esperando su consulta. Hacen fila y esperan a que el padre los revise uno por uno. Él no parece tener ninguna prisa.
Y mientras tanto uno observa todo aquello y piensa que quizá así funciona Chucándiro: al tiempo del Padre Pistolas, o al tiempo que se le da su chingada gana porque la plática no empezó a las 10, ni la misa a la 1.
En la larga fila, uno tras otro se forman con sus análisis. El padre los recibe y empieza a preguntar.
—¿Eres chofer?
—¿Estás sentado todo el día?
—¿Qué tragas?
Mira los estudios. Pregunta. Regaña. Y de pronto sentencia:
—Te vas a morir, güey.
A un lado de él se sienta una muchacha. Ella va anotando los remedios que necesita cada paciente. Cuando termina la consulta la persona pasa al siguiente puesto. Ahí están los remedios. Los pagan y se van.
En medio de todo eso el padre puede hablar de cáncer y dos minutos después estar hablando de almorranas. Puede pasar de una enfermedad grave a los oxiuros, de los alimentos a las tortillas y de las tortillas a Dios. Todo cabe en aquel patio.
También cabe el diablo. El padre habla de él con una familiaridad desconcertante.
—¿Qué tal si me voy al infierno?
Hace una pausa.
—Por las dudas soy amigo del diablo. Si me voy al infierno, que no me ponga en lo más caliente.
En otro momento dice:
—No le tengo miedo ni a la muerte ni al diablo. Nomás le tengo miedo a esas viejas chichonas y nalgonas porque ahí sí está cabrón.

Hasta con el diablo tiene una relación de confianza. No parece temerle. Lo menciona como quien habla de un viejo conocido. Y también habla de Judas.
—Cristo tenía doce apóstoles. ¿Solo eran buenos? Uno lo traicionó, ¿cómo se llamaba?
Judas.
Y entonces hace el salto hacia los hijos.
—Sus hijos, ¿todos son buenos? No, dice él, hay rateros. Hay huevones. Hay inútiles. Hay quienes abandonan a sus hijos.
Y empieza a hablarles directamente a los padres.
Al hombre que embarazó a una mujer y después abandonó al hijo. Al que no lo lleva a la iglesia, ni a la escuela, ni al parque. Y debajo de todas esas palabras hay algo que empieza a hacerse evidente. El padre no está hablando solamente de enfermedades ni de remedios. Está hablando de responsabilidad. De hacerse cargo de los hijos. De no abandonar. De no traicionar. De cuidar a quien depende de nosotros.
Y quizá ahí está una parte de lo que explica al Padre Pistolas porque no todo lo que hace ocurre dentro de la iglesia ni cabe en una plática de salud: están las escuelas, las carreteras, las obras que ha emprendido y también las cosas que ha conseguido para la gente de los lugares donde ha estado.
Uno puede estar de acuerdo o no con sus maneras, con sus remedios, con sus opiniones o con sus formas de decir las cosas, pero resulta difícil entender al Padre Pistolas si uno se queda solamente con las groserías.
Porque detrás de todo ese ruido hay también un hombre que lleva muchos años haciendo cosas.
Y quizá por eso, después de escucharlo durante horas, uno empieza a preguntarse dónde termina el personaje y dónde empieza Alfredo Gallegos Lara.













