EL PUEBLO QUE SABE DÓNDE ESTÁ EL PADRE
Primara parte
Para llegar a Chucándiro tomamos el camino que rodea el lado occidental del lago de Cuitzeo. Cuando pasamos por San Agustín del Maíz el paisaje empieza a cambiar poco a poco y la ribera del lago aparece por momentos junto al camino. A estas alturas del año se empiezan a asomar los sembradíos de flores para el día de muertos y se alcanzan a distinguir esas flores moradas que parecen hechas de terciopelo. Son las llamadas crestas de gallo o celosías. En un mes estos campos estarán llenos de amarillo y morado.


Pasamos por Copándaro, ahí está el antiguo conjunto agustino del siglo XVI. El templo y el exconvento aparecen como una especie de primera estación de este camino hacia el pueblo donde vamos a buscar al cura Alfredo Gallegos, mejor conocido como “El Padre Pistolas”.
Seguimos hacia el poniente y pareciera que el paisaje se abre. Aparecen los campos de sorgo y las milpas. Hay prados verdes que antes fueron lago donde pastan las vacas y cuesta no pensar que todo aquello alguna vez fue parte del segundo lago más grande de México.
Las vacas sobre esos prados y los campos contrastantes de color café del sorgo son como una señal de que ya estamos llegando a Chucándiro.
Chucándiro es un pueblo pequeño. En 2020, según el INEGI, tenía 1,401 habitantes.
Yo me imaginaría que aquí todos se conocen. Que todos saben quién es hijo de quién, quién es hermano de quién, quién se casó con quién y quién se fue del pueblo hace veinte años. Por eso cuando llegamos los foráneos, se nota. Uno no tiene que decir que viene de fuera. Ellos lo saben. Saben que no somos de ahí. Saben que somos extraños y saben también a qué venimos y cuando uno llega a la plaza no necesita preguntar por el padre Pistolas y el pueblo ya sabe que llegaste a buscarlo.
Ni siquiera hace falta hacer la pregunta.
Levantan la mano y señalan hacia arriba:
—El padre es para allá.
El atrio de San Nicolás Tolentino está arriba.
Uno podría pensar que el padre Alfredo Gallegos se adueñó del pueblo porque al final muchos conocemos Chucándiro por el famoso Padre Pistolas pero casi desde que llegué me dio la sensación de que quizá es al revés: que el padre Pistolas pertenece al pueblo. Que son los habitantes de Chucándiro los que de alguna manera se sienten dueños de él.
Porque todos saben dónde está.
Quizá por eso empecé a pensar que el Padre Pistolas no es solamente un hombre que vive en Chucándiro, que trabaja en la parroquia, es alguien que ya forma parte de la geografía del pueblo. Preguntas por él y te señalan hacia arriba, no importa quién seas ni de dónde vengas, en Chucándiro basta con llegar.


El pueblo da sensación de pulcritud, de limpio, se respira orden. Como es domingo, las señoras ubicadas alrededor de la plaza venden quesadillas, atole blanco, tamales, menudo, birria y hasta papas a la francesa en puestos improvisados pero impecables. La gente es atenta, amable y sonriente, están acostumbrados a “nosotros”, los de fuera. También me pareció un pueblo alegre, con mujeres muy bonitas y hombres que hablan fuerte el domingo en la plaza.
Me acompaña mi papá y como somos muy puntuales, llegamos alrededor de las diez de la mañana, que es el horario que anuncian los videos de YouTube para las “Pláticas de la Salud” que imparte todos los fines de semana el Padre Pistolas.
No lo sabíamos en ese momento pero nos quedaban dos horas por delante porque el padre no estaba e hicimos lo que haría cualquiera: nos pusimos a merodear y mientras esperábamos que apareciese nuestro personaje empezamos a introducirnos en el enorme mundo del Padre Pistolas. Y caminamos por el enorme atrio. Miramos los coches. Vimos las carrozas. Las pinturas. Las fotografías de caballos. Preguntamos. Observamos. Agarramos solecito de Chucándiro.
En los autos que están en el atrio, antiguos y modernos, en todos aparece impresa la leyenda “Padre Pistolas” y esa pequeña pistola que se ha convertido en su identidad. Junto a ella se lee: “Una arma de bondad”.
La frase tiene una falta de ortografía. Si nos ponemos pulcros con el idioma, lo correcto sería decir “un arma de bondad”, pero por alguna razón que sólo intuyo me gusta que él lo escriba así porque en el mundo del padre Pistolas su pistola parece ser una cosa femenina.
Es “una” arma. Su arma. Su mujer. O “su vieja” si lo queremos decir en el idioma peculiar del Padre. Su pistola.
Y la misma imagen aparece dibujada por todas partes. Una pistola que no parece amenazar a nadie sino anunciar al propio padre y su inmenso cosmos.

Al fondo del atrio, de frente, hay una estatua enorme del padre vestido de charro y a su lado otra de un caballote. Tanto él como el caballo deben medir unos dos metros y los foráneos se suben allí y se toman la foto que es el souvenir de Chucándiro.
Adentro, en el patio donde imparte las pláticas, hay muchos cuadros en las paredes, en una hay una colección de retratos al óleo del padre que me imagino se los han regalado sus amistades o los artistas que han pasado por ahí. En unos aparece vestido de charro. En otros lleva sus camisas western. En algunos es más joven y conserva otra fisonomía.
En las paredes había carteles con consejos para distintos padecimientos: diabetes, herpes y otros problemas de salud. Pero hubo uno que me llamó especialmente la atención. Era rojo y tenía en letras grandes una advertencia:
NO SE ALIVIAN
MUJERIEGOS
COSCOLINOS
VENGATIVOS
ALCOHÓLICOS
DROGADICTOS
El patio termina convirtiéndose en una especie de galería del propio padre Pistolas.



Todo parece hablar de él.
A la entrada del templo de San Nicolás Tolentino, al lado de la puerta, una señora estaba poniendo una mesita y desde donde estaba sentada en su banquito, como si estuviera detrás de un pequeño mostrador de información turística, nos dio el tour histórico del pueblo. Nos habló del escudo municipal y de sus cuatro cuarteles. En uno está la Huananchita que significa Niña Bonita, en otro aparece don Vasco de Quiroga y las comunidades indígenas, también nos habló del vallecito donde está asentado Chucándiro y del reloj atrial que con el sol da la hora exacta:
—Vayan y vean —nos anima Yolanda Calderón—.
Y cuando vamos en camino al reloj, nos habla más fuerte:
—Al lado del reloj está por donde pasó el Padre de la Patria.
La señora conoce la historia de su pueblo y la cuenta con orgullo.
También sabe perfectamente por qué llegamos los de fuera.
—La gente viene a ver lo de la medicina —nos dijo.
Lo decía como quien habla de una actividad que ya forma parte de la vida cotidiana del pueblo.
Aquí llegan personas de otros lugares a buscar al padre Pistolas y sus remedios.
Y todavía nos faltaba conocer otra de las historias del templo. A la salida, del lado izquierdo, escuchamos la voz de nuestra guía de turistas que desde la entrada indica:
—Ahí tienen un Cristo de corazón palpitante y por las noches se le escucha palpitar.
En una plaquita se lee que es el Cristo de los desamparados.
Yo empezaba a sentir que en Chucándiro la historia no está solamente en los libros.



Está en sus paredes. En su escudo. En las iglesias que son dos: la de Vasco de Quiroga de los franciscanos y la de San Nicolás Tolentino de los agustinos. Y en la manera en que sus habitantes cuentan su pueblo. También está, por supuesto, en el padre Pistolas, pero todavía no llegaba, así que fuimos a almorzar y nos sentamos en uno de los puestos de la plaza.
Mi papá pidió caldo de birria. Yo pedí menudo. Sentados allí, nuestras anfitrionas nos hablan de cuánta gente de fuera viene, de todos lados y nos dicen con orgullo que la señora que está con su hijo en la mesa de al lado “viene desde Guadalajara”.
—Hoy la plática va a ser hasta las 12 porque el padre anda fuera.
Mi menudo está bueno. Platicamos con Aylin, una chica que es policía y que tiene un año viviendo allí, nos comparte que está contenta, que le gusta vivir allí. Es una muchacha que sonríe y expresa con cariño que en Chucándiro hay muchas fiestas y que nos quedemos a la misa “porque es lo más bonito”.
En esas andábamos cuando a la mitad del plato una de las tres señoras que nos atienden dijo:
—Ya llegó el padre.
—¿Cómo se dio cuenta? —pienso—. No lo sé. Se me imagina que es como una especie de telepatía.
La espera había terminado.
Hasta ese momento habíamos conocido el pueblo, sus historias y todo lo que hablaba del Padre Pistolas. Nos faltaba conocerlo. Así que, apresurados, dejamos los platos como estaban porque yo ya tenía prisa de conocer al hombre que vinimos a buscar.











